En los años 60 alguien en la ciudad de Nueva York escribió en un grafiti una frase que decía: “¿hay vida antes de la muerte?”, una obra de arte urbano con un mensaje muy potente que mas de 60 años después nos invita a la reflexión.

A mí me parece muy interesante el hecho de plantearse si a lo que hoy día llevamos se le puede llamar vida.

Tenemos sólo una vida y no sabemos cual es su duración, pasamos nuestros días luchando por cosas que cuando no estemos aquí no nos llevaremos con nosotros, por eso quiero lanzar varias preguntas: ¿estoy realmente viviendo la vida que quiero llevar? ¿estoy donde quiero estar? ¿estoy haciendo cosas que me apasionan?

Todas estas cuestiones nos harán cuanto menos plantearnos si realmente estamos viviendo antes de morir, porque después no lo sabemos.

A veces vivimos como si la vida todavía no hubiera empezado. Esperamos a que llegue el momento adecuado: cuando tengamos menos problemas, cuando los hijos sean mayores, cuando tengamos más tiempo, cuando nos encontremos mejor, cuando desaparezca el miedo, cuando termine una relación, cuando consigamos aquello que creemos necesitar…

Y mientras esperamos, la vida está ocurriendo

Quizá una de las trampas más silenciosas de la existencia sea confundir estar vivos con estar viviendo.

Podemos levantarnos cada mañana, trabajar, ocuparnos de nuestras responsabilidades, cuidar de los demás, cumplir horarios, resolver problemas… y, sin embargo, sentir que estamos desconectados de nosotros mismos.

No siempre dejamos de vivir porque no tengamos tiempo.
A veces dejamos de vivir porque todo nuestro tiempo está ocupado en sobrevivir, controlar, evitar o esperar.

Esperamos sentirnos seguros para atrevernos.
Esperamos dejar de tener miedo para dar un paso.
Esperamos tener ganas para hacer aquello que nos importa.
Esperamos que desaparezca el dolor para volver a disfrutar.

Pero la vida no suele presentarse cuando todas las condiciones son perfectas.

La vida viene acompañada de incertidumbre, pérdidas, miedo, decepciones y momentos que no podemos controlar. Y quizá vivir no consiste en conseguir que todo eso desaparezca, sino en aprender a hacerle espacio mientras seguimos caminando hacia aquello que tiene sentido para nosotros, aceptación con compromiso.

“Si esta es la vida que tengo hoy, ¿cómo quiero vivirla?”

¿Qué personas quiero tener cerca?
¿Qué quiero cuidar?
¿Qué quiero experimentar?
¿Qué estoy posponiendo?
¿Qué lugar quiero darle al amor, a la amistad, a mi familia, a mi profesión, al descanso, al disfrute?
¿Estoy tomando decisiones desde lo que realmente me importa o desde aquello que intento evitar?

Porque quizá la pregunta “¿hay vida antes de la muerte?” no pretende hablar de la muerte.

Habla de presencia.

De darnos cuenta de que la vida no empieza cuando resolvamos nuestros problemas.
No empieza cuando dejemos de sentir miedo.
No empieza cuando llegue el momento perfecto.

La vida está sucediendo ahora.

Y quizá vivir consista, en buena medida, en dejar de esperar a sentirnos preparados para empezar a participar en nuestra propia vida.

No se trata de aprovechar cada minuto ni de vivir intensamente todo el tiempo. También hay días grises, cansancio, rutinas y momentos de dolor. Se trata de no dejar nuestra vida permanentemente aplazada.

Porque al final, una pregunta sencilla puede acompañarnos:

Si no quiero llegar al final de mi vida preguntándome “¿por qué no viví más?”, ¿qué pequeño paso puedo dar hoy hacia la vida que quiero construir?

No esperar a que la vida sea diferente para empezar a vivirla.

A veces existe una vida que dejamos para después:

Una conversación.
Un viaje.
Un abrazo.
Un proyecto.
Decir “te quiero”.
Poner un límite.
Volver a hacer algo que nos gusta.
Dejar espacio para nosotros.

¿Cuántas partes de nuestra vida están guardadas en el cajón del “algún día”?

No dejes nada para después, hazlo YA, hazlo cuanto antes…

Fdo: Alicia Fernández Valverde