Cuando una pareja se divorcia, la relación entre dos adultos termina, pero la relación entre padres e hijos continúa.

Sin embargo, no siempre ocurre así.

Después de una separación, algunos hijos comienzan a experimentar la ausencia de uno de sus progenitores. A veces ese padre o esa madre deja de participar progresivamente en su vida. Otras veces aparece de forma intermitente. Y en algunas situaciones, aunque quiera mantener el vínculo, encuentra dificultades para hacerlo.

Por eso, cuando hablamos de un progenitor ausente, conviene preguntarnos qué hay detrás de esa ausencia.

Porque no todas las ausencias tienen el mismo origen.

Cuando la ausencia es una decisión

Hay ocasiones en las que es el propio progenitor quien decide alejarse.

Puede suceder porque no desea asumir las responsabilidades que implica la parentalidad, porque prioriza otros aspectos de su vida, porque tiene dificultades para aceptar la separación o porque considera que, una vez terminada la relación de pareja, también puede disminuir su implicación en la vida cotidiana de sus hijos.

En estos casos, la ausencia es una elección del adulto.

Pero para un hijo, la experiencia puede ser muy diferente.

El niño no suele vivirlo como una decisión entre adultos. Puede interpretarlo como:

«Papá no viene porque no quiere estar conmigo.»

«Mamá tiene otra vida y yo ya no soy importante.»

Y es ahí donde el adulto debe recordar algo fundamental: el divorcio pone fin a la relación de pareja, pero no debería poner fin a la responsabilidad parental.

Cuando el progenitor quiere estar, pero encuentra obstáculos

Existe otra realidad menos visible.

Hay padres y madres que desean seguir participando en la educación y en la vida de sus hijos, pero encuentran dificultades para hacerlo.

En ocasiones, el conflicto entre los progenitores es tan intenso que la comunicación se vuelve prácticamente imposible. En otras, pueden existir conductas que dificulten el contacto, que cuestionen constantemente al otro progenitor delante del hijo o que generen un clima en el que el niño termine sintiendo que acercarse a uno de sus padres supone traicionar al otro.

También pueden aparecer dificultades relacionadas con los horarios, los acuerdos de custodia, los cambios de domicilio o la falta de cooperación entre ambos progenitores.

En estas situaciones, la ausencia que percibe el niño puede no responder a una falta de deseo de estar presente.

Esto no significa que todas las dificultades de contacto tengan necesariamente este origen. Cada familia tiene una historia diferente y es importante analizarla antes de establecer conclusiones.

Y existe una tercera posibilidad: estar físicamente, pero estar emocionalmente ausente

La presencia no siempre significa disponibilidad emocional.

Un padre puede recoger a su hijo, llevarlo a sus actividades, cumplir con los horarios y, sin embargo, estar emocionalmente desconectado.

Puede estar presente físicamente pero no escuchar.

Puede cumplir con sus obligaciones, pero no interesarse realmente por lo que le ocurre a su hijo.

Por eso, cuando hablamos de presencia parental, quizá deberíamos hablar de algo más amplio:

estar, escuchar, acompañar, poner límites, compartir, interesarse y ofrecer seguridad.

El peligro de colocar al hijo en medio

Uno de los mayores riesgos después de una separación aparece cuando el conflicto entre los adultos termina ocupando el espacio que debería corresponder a la relación con los hijos.

Cuando un niño escucha constantemente críticas hacia uno de sus progenitores, puede sentirse obligado a tomar partido.

Y un hijo no debería tener que elegir.

No debería convertirse en mensajero.

No debería conocer los detalles del conflicto de pareja.

No debería sentir que querer a uno de sus padres significa querer menos al otro.

El niño necesita poder construir su propia relación con cada progenitor, siempre que no existan circunstancias que hagan necesario limitar ese contacto por razones de seguridad o bienestar.

La pregunta no debería ser solamente «¿quién tiene la culpa?»

Después de un divorcio es comprensible que cada adulto tenga su propia versión de lo ocurrido.

Pero cuando hay hijos, quizá sea necesario ir más allá de buscar culpables.

La pregunta puede ser:

¿Qué necesita este niño para crecer sintiéndose querido, seguro y libre de cargar con el conflicto de sus padres?

Esto implica que cada progenitor pueda preguntarse qué parte de responsabilidad tiene en la situación.

¿Estoy facilitando el vínculo de mi hijo con el otro progenitor?

¿Estoy respetando su relación con él o con ella?

¿Estoy hablando de mi expareja delante de mi hijo?

¿Estoy utilizando a mi hijo para transmitir mensajes?

¿Estoy permitiendo que mi dolor por la separación interfiera en la relación de mi hijo con su padre o con su madre?

Y también implica que el progenitor que se ha alejado pueda preguntarse:

¿Qué lugar quiero ocupar en la vida de mi hijo a partir de ahora?

Porque una separación puede terminar con una pareja, pero no debería significar necesariamente perder la oportunidad de seguir ejerciendo de padre o de madre.

No todas las ausencias cuentan la misma historia

Detrás de un progenitor ausente puede haber abandono, desinterés, conflicto, dificultades personales, decisiones conscientes, obstáculos en el contacto o dinámicas familiares complejas.

Por eso, antes de juzgar, necesitamos comprender.

Y comprender no significa justificar.

Significa diferenciar.

Porque para poder ayudar a un niño que vive la ausencia de uno de sus progenitores necesitamos saber qué está ocurriendo realmente.

Quizá la cuestión más importante no sea únicamente quién está ausente, sino qué está viviendo el niño en medio de esa ausencia.

Y, sobre todo, qué podemos hacer los adultos para que el divorcio de sus padres no se convierta también en un divorcio emocional para él.

Fdo: Alicia Fernández Valverde