
Conocernos para vivir mejor: entre lo que esperamos y lo que ocurre
Hay algo que pocas veces nos enseñan: conocernos a nosotros mismos.
Conocer cómo queremos, cómo nos vinculamos, qué necesitamos, qué esperamos de los demás y, sobre todo, cómo reaccionamos cuando la realidad no coincide con aquello que esperábamos.
Porque no todos queremos de la misma manera. No todos necesitamos lo mismo en una relación. No todos interpretamos una misma situación de la misma forma. Y tampoco todos reaccionamos igual ante el miedo, el rechazo, la incertidumbre, la soledad o la frustración.
Conocer nuestra manera particular de funcionar puede ayudarnos a comprender muchas de nuestras reacciones y, sobre todo, a dejar de vivirlas como algo que simplemente «nos pasa».
¿Cómo quieres?
Una pregunta aparentemente sencilla que puede resultar mucho más profunda de lo que parece, ¿Cómo quieres a las personas que son importantes para ti?, ¿Necesitas sentir cercanía constantemente?, ¿Te cuesta confiar?, ¿Necesitas sentirte elegido?, ¿Temes que el otro se aleje?, ¿Te cuesta poner límites por miedo a perder la relación?, ¿Cuándo alguien se distancia tiendes a buscarlo más?, ¿O, por el contrario, cuando sientes demasiada cercanía necesitas alejarte?.
Nuestra manera de relacionarnos suele estar acompañada de determinadas necesidades, expectativas, pensamientos y formas de reaccionar, y conocerlas no significa etiquetarnos.
Significa observarnos.
Porque cuando no conocemos nuestro propio funcionamiento, podemos interpretar nuestras reacciones como si fueran la realidad misma.
«Si no me contesta, significa que ya no le importo.», «Si me necesita, significa que me quiere.», «Si estoy sola, algo va mal.», «Si tengo miedo, no debería hacerlo.»
Pero una cosa es lo que ocurre y otra muy diferente es lo que nuestra mente interpreta sobre lo que ocurre.
Sin conciencia no hay posibilidad de cambio
Para poder cambiar algo primero necesitamos poder verlo, la conciencia es el primer paso.
No podemos modificar una reacción que no reconocemos, una necesidad que desconocemos o un patrón que repetimos automáticamente.
Muchas veces hacemos las cosas de una determinada manera porque llevamos mucho tiempo haciéndolas así. Respondemos desde el miedo, buscamos aprobación, evitamos determinadas situaciones, intentamos controlar lo que sienten los demás o permanecemos en relaciones que nos generan malestar.
Y podemos llegar a pensar:: «Yo soy así.», pero quizá no se trata de «ser así»., quizá se trata de haber aprendido a responder así.
La conciencia nos permite introducir un espacio entre lo que sentimos y lo que hacemos.
Puedo sentir miedo y no dejar que el miedo decida por mí.
Puedo sentir necesidad de acercarme y preguntarme si realmente quiero hacerlo o si estoy intentando aliviar una sensación de inseguridad.
Puedo sentir tristeza sin tener que hacer inmediatamente algo para dejar de sentirla.
Ese espacio es importante.
Porque entre lo que sentimos y lo que hacemos existe la posibilidad de elegir.
El desajuste aparece cuando la realidad se aleja demasiado de nuestras expectativas
Gran parte de nuestro malestar no procede únicamente de lo que ocurre, sino también de la distancia entre lo que esperamos que ocurra y lo que realmente ocurre.
Podríamos expresarlo de una manera sencilla:
Expectativa ↔ Realidad
Cuando ambas están relativamente próximas, suele ser más fácil adaptarnos, pero cuando la distancia aumenta, también puede aumentar nuestro malestar.
Esperaba que mi pareja me comprendiera y no lo hace.
Esperaba que esa relación fuera para siempre y termina.
Esperaba que mis hijos reaccionaran de determinada manera y toman otro camino.
Esperaba sentirme segura y aparece la incertidumbre.
Esperaba que las cosas fueran de una manera y la vida sucede de otra.
Cuanto mayor es la distancia entre aquello que imaginábamos y aquello que estamos viviendo, mayor puede ser el desajuste emocional.
Y entonces podemos intentar resolver el malestar de dos maneras.
Una posibilidad es intentar cambiar constantemente la realidad para que se ajuste a nuestras expectativas.
La otra es comenzar a preguntarnos:
¿Qué parte de mis expectativas puedo revisar?
Esto no significa resignarse.
Tampoco significa aceptar situaciones que nos hacen daño.
Significa diferenciar aquello que puedo cambiar de aquello que no puedo controlar y aprender a relacionarme de otra manera con ello.
Quizá el problema no sea sentir, sino no comprender lo que sentimos
Las emociones tienen una función, no aparecen para molestarnos, aparecen para informarnos de que algo está ocurriendo.
El miedo puede señalar que percibimos una amenaza.
La tristeza puede aparecer ante una pérdida.
La rabia puede surgir cuando sentimos que se ha vulnerado algo importante.
La ansiedad puede aparecer ante la incertidumbre o ante aquello que anticipamos que podría suceder.
Pero sentir una emoción no significa que tengamos que actuar automáticamente desde ella.
Sentir no es lo mismo que obedecer a lo que sentimos.
Por eso, conocernos implica también aprender a preguntarnos:
¿Qué estoy sintiendo?
¿Qué estoy necesitando?
¿Qué estoy esperando?
¿Qué estoy interpretando?
¿Qué estoy haciendo para intentar sentirme mejor?
¿Y ese comportamiento me acerca o me aleja de la vida que quiero construir?
Conocernos no evita el sufrimiento, pero puede cambiar nuestra relación con él
La vida no va a ajustarse siempre a nuestras expectativas.
Las personas pueden decepcionarnos.
Las relaciones pueden terminar.
Nuestros hijos crecerán y tomarán sus propias decisiones.
Habrá pérdidas, cambios, incertidumbre y momentos que no habíamos elegido.
El objetivo del autoconocimiento no es conseguir que nada de esto nos afecte.
Es desarrollar una mayor capacidad para reconocer lo que nos ocurre, comprender nuestras respuestas y elegir cómo queremos actuar.
Porque quizá el verdadero cambio no comienza cuando dejamos de sentir aquello que nos incomoda.
Comienza cuando somos capaces de observarlo con conciencia.
Y desde ahí preguntarnos:
¿Quiero seguir reaccionando como hasta ahora o quiero empezar a responder de una manera diferente?
Conocernos es empezar a tener información sobre nosotros mismos.
La conciencia nos permite ver nuestros patrones.
Y esa conciencia abre una posibilidad que antes quizá no estaba disponible, la posibilidad de elegir.
Porque no siempre podemos elegir lo que ocurre.
Pero sí podemos aprender, poco a poco, a elegir cómo queremos relacionarnos con aquello que ocurre.
Y quizá ahí comienza una forma diferente de vivir.
Fdo: Alicia Fernández Valverde