Hay una frase que escuchamos con frecuencia cuando alguien nos hace daño, nos decepciona o nos trata de una manera que nos genera malestar: «Sí, pero en el fondo es buena persona».

Y yo me pregunto: ¿qué significa exactamente eso de en el fondo?

¿Qué tenemos que excavar hasta encontrar una supuesta bondad escondida? ¿Qué debemos ignorar lo que vemos, justificar lo que sentimos y esperar a que aparezca una versión de esa persona que, por alguna razón, casi nunca se deja ver?

No estamos buscando petróleo. Estamos relacionándonos con personas.

Y las personas no deberían obligarnos a realizar excavaciones emocionales para encontrar algo bueno en ellas.

La primera impresión: esa sensación que aparece antes de tener explicaciones

Cuando conocemos a alguien, algo sucede en nosotros. A veces sentimos tranquilidad, confianza, cercanía. Otras veces, sin saber muy bien por qué, aparece cierta incomodidad, una tensión difícil de explicar o la sensación de que algo no termina de encajar.

Es lo que coloquialmente llamamos la vibra que nos transmite alguien.

No es magia, ni una capacidad infalible para descubrir cómo es una persona. Nuestra primera impresión puede equivocarse. A veces está influida por nuestras experiencias previas, nuestros miedos, nuestras expectativas o nuestros propios prejuicios.

Sin embargo, esa sensación inicial merece ser escuchada, no necesariamente obedecida, pero sí observada.

Porque, en ocasiones, antes de que nuestra mente encuentre explicaciones, ya hemos empezado a registrar pequeños detalles: una mirada, un tono de voz, una forma de responder, la manera en que alguien habla de los demás, cómo reacciona cuando algo no le gusta o cómo nos sentimos en su presencia.

No siempre sabemos ponerle palabras a lo que percibimos. Y no necesitamos tenerlas inmediatamente.

Podemos concedernos tiempo para observar.

No te fijes solamente en lo que alguien dice. Observa cómo te hace sentir y cómo te trata.

Hay personas que saben resultar encantadoras. Que tienen facilidad para hablar, para seducir, para despertar interés y para mostrar su mejor versión cuando desean acercarse a nosotros.

Pero el encanto inicial no es lo mismo que la bondad. La química no es confianza. La intensidad no es intimidad. Y las palabras bonitas no son una garantía de buen trato.

La verdadera información aparece con el tiempo, en los pequeños gestos cotidianos y, especialmente, cuando las cosas no salen como esa persona espera.

Observa cómo te trata cuando no estás de acuerdo con ella. Qué hace cuando le pones un límite. Cómo reacciona cuando cometes un error. Si es capaz de reconocer el daño que te ha causado o si termina consiguiendo que seas tú quien se sienta culpable.

Observa también cómo trata a quienes no necesita impresionar, cómo habla de las personas que ya no están en su vida y qué ocurre cuando deja de tener algo que ganar contigo.

Porque es fácil mostrar nuestra mejor cara cuando todo va bien. Lo que nos permite conocer mejor a alguien es observar cómo se comporta cuando aparece la frustración, el desacuerdo o la posibilidad de no salirse con la suya.

La bondad no se demuestra solamente cuando alguien quiere gustarte. También se demuestra cuando podría hacerte daño y elige no hacerlo.

El peligro de enamorarnos de lo que creemos que alguien es

A veces no nos relacionamos con la persona que tenemos delante, sino con la persona que imaginamos que existe detrás de sus comportamientos.

Vemos sus gestos desagradables, pero pensamos que ha sufrido mucho. Nos habla mal, pero creemos que no sabe expresar sus emociones. Nos decepciona, pero recordamos aquellos momentos en los que fue maravilloso. Nos hace daño, pero nos aferramos a la idea de que, en el fondo, tiene un gran corazón.

Y así empezamos a construir una explicación para cada comportamiento que nos duele.

Quizá tuvo una infancia difícil. Quizá le hicieron daño. Quizá tiene miedo al compromiso. Quizá nadie le enseñó a querer de otra manera.

Todo eso puede ser cierto. Comprender la historia de alguien nos ayuda a entender algunos de sus comportamientos, pero comprender no significa justificar. Y, sobre todo, entender por qué alguien te trata de una determinada manera no te obliga a seguir aceptándolo.

Podemos reconocer el sufrimiento de otra persona sin convertirnos en responsables de repararlo.

Podemos tener compasión por sus heridas sin permitir que esas heridas se conviertan en las nuestras.

Y podemos aceptar que alguien tenga cualidades valiosas sin negar que su forma de relacionarse con nosotros nos hace daño.

Porque una persona puede tener un buen corazón y, aun así, no saber construir una relación saludable contigo. Pero si sus comportamientos te dañan de manera reiterada, su supuesta bondad interior no elimina las consecuencias de lo que hace.

Cuando la intuición choca con nuestras expectativas

No siempre ignoramos las señales porque no las vemos. A veces las vemos, pero no queremos aceptar lo que podrían significar.

Nos gusta alguien. Deseamos que funcione. Nos ilusiona la posibilidad de una relación, una amistad o un proyecto compartido. Y cuando aparece esa primera sensación de incomodidad, buscamos argumentos para silenciarla.

«Seguro que lo he interpretado mal».

«Quizá estoy siendo demasiado exigente».

«Todo el mundo tiene defectos».

«En el fondo, sé que es buena persona».

Y puede que algunas de esas afirmaciones sean ciertas. Nadie es perfecto y todos podemos equivocarnos. El problema aparece cuando utilizamos estas ideas para invalidar sistemáticamente lo que experimentamos.

No se trata de desconfiar de todo el mundo, de etiquetar a las personas a partir de una primera impresión ni de salir corriendo ante cualquier incomodidad. Se trata de mantener los ojos abiertos y permitir que la realidad tenga más peso que nuestras expectativas.

Si algo no encaja, observa. Si una conducta te incomoda, pregúntate por qué. Si las palabras y los hechos no coinciden, presta atención a los hechos.

No necesitas emitir un juicio definitivo sobre alguien para decidir que una relación no te hace bien.

La bondad no debería ser un tesoro escondido

Quizá esta sea la idea más importante de todas: no necesitamos encontrar personas perfectas, sino personas capaces de relacionarse con nosotros desde el respeto, la responsabilidad afectiva, la honestidad y la consideración.

Personas que se equivocan, sí, pero pueden reconocerlo. Que tienen días malos, pero no convierten su malestar en una excusa permanente para tratar mal a los demás. Que pueden frustrarse, enfadarse o discrepar sin utilizar la humillación, el desprecio o la manipulación.

La bondad no significa estar siempre de acuerdo, no enfadarse nunca ni satisfacer todas las necesidades del otro. Significa, entre otras cosas, saber que la otra persona merece respeto incluso cuando no obtenemos lo que queremos de ella.

Y esa bondad tiene que poder observarse en la superficie: en las palabras, en los gestos, en las decisiones y en la manera de reparar el daño.

No basta con que alguien nos diga que nos quiere. Importa cómo nos quiere.

No basta con que alguien asegure que es buena persona. Importa cómo trata a las personas.

Y no basta con que, de vez en cuando, nos muestre una versión maravillosa de sí mismo si el resto del tiempo tenemos que convivir con una versión que nos hace sentir pequeños, inseguros o constantemente confundidos.

No te aferres a lo que alguien podría llegar a ser mientras ignoras lo que está siendo contigo.

No confundas el potencial de una persona con su comportamiento presente, ni la explicación de sus heridas con una obligación de soportar sus consecuencias.

Y, sobre todo, no te convenzas de que debes conocer a alguien hasta el fondo para descubrir si merece un lugar en tu vida.

Date tiempo. Observa. Escucha lo que sientes sin convertirlo en una verdad absoluta. Contrasta tus primeras impresiones con los hechos y permite que las personas te muestren quiénes son a través de sus acciones.

Porque no estás buscando petróleo. No necesitas excavar durante años para encontrar una bondad que apenas aparece.

La bondad no tiene que ser perfecta, pero sí lo bastante visible como para que puedas reconocerla en la forma en que alguien te trata.

Y si para seguir queriendo a alguien necesitas ignorar continuamente lo que ves, quizá ha llegado el momento de dejar de preguntarte quién es esa persona en el fondo y empezar a preguntarte cómo te sientes tú estando a su lado

Fdo: Alicia Fernández Valverde