¿Voy en mi autobús en la dirección que quiero?

No puedes elegir a todos los pasajeros que suben a tu autobús, pero sí puedes decidir hacia dónde quieres conducir tu vida.

Imagina que tu vida es un autobús y que tú estás al volante. Tú eres quien conduce, quien elige la dirección y quien decide hacia dónde quiere ir. Sin embargo, en ese autobús no viajas a solas. Te acompañan muchos pasajeros: tus pensamientos, tus emociones, tus recuerdos, tus miedos, tus inseguridades y también tus ilusiones, tus deseos y tus esperanzas.

Algunos son pasajeros agradables. Te hablan de lo que eres capaz de hacer, te recuerdan tus fortalezas, te animan a avanzar y te hacen sentir que puedes conseguir aquello que te importa.

Pero otros son mucho más incómodos. Aparecen para decirte que no eres suficiente, que vas a fracasar, que no puedes confiar en nadie, que te van a rechazar o que es mejor que no lo intentes. Algunos incluso repiten una y otra vez las mismas historias sobre tu pasado, como si lo que ocurrió entonces tuviera que determinar necesariamente lo que sucederá mañana.

Y aquí comienza el verdadero viaje.

Los pasajeros no siempre tienen razón

Nuestros pensamientos tienen una enorme capacidad para influir en nuestra conducta. A veces, basta con pensar que algo va a salir mal para empezar a sentir miedo, inseguridad o angustia. Y cuando ese malestar aparece, podemos llegar a creer que debemos hacer algo para evitarlo.

Si el pasajero del miedo nos dice que no nos expongamos, quizá dejemos de intentarlo. Si el pasajero de la inseguridad nos advierte de que nos van a rechazar, quizá evitemos acercarnos a otras personas. Si el pasajero de la culpa nos recuerda continuamente nuestros errores, quizá nos castiguemos durante años por decisiones que ya no podemos cambiar.

Poco a poco, sin darnos cuenta, empezamos a conducir según las instrucciones de nuestros pasajeros.

Y entonces sucede algo importante: dejamos de elegir nuestro destino y comenzamos a organizar nuestra vida para evitar lo que sentimos.

No es que nuestros pensamientos sean malos por aparecer. Tampoco significa que debamos luchar contra ellos, expulsarlos o conseguir que desaparezcan. Muchos surgen de manera automática, sin que los hayamos elegido. Algunos intentan protegernos; otros repiten aprendizajes antiguos o anticipan peligros que quizá nunca lleguen a suceder.

Un pensamiento puede ser intenso sin ser una verdad. Puede ser insistente sin ser una orden. Y puede provocarnos miedo sin que tengamos que obedecerlo.

También hay pasajeros que nos dicen cosas buenas

En nuestro autobús no viajan únicamente pensamientos negativos. También aparecen pensamientos positivos, recuerdos agradables, ilusiones y mensajes que nos hacen sentir capaces.

Pero hay algo que conviene recordar: tampoco necesitamos depender de ellos para avanzar.

Si esperamos a sentirnos seguros para dar un paso importante, quizá nunca lo demos. Si esperamos a tener confianza absoluta para iniciar un proyecto, tal vez lo pospongamos indefinidamente. Si necesitamos sentirnos bien para hacer algo que nos importa, nuestra vida puede quedar a merced de un estado emocional que no siempre podemos controlar.

No necesitamos que todos los pasajeros nos animen para continuar el viaje.

Podemos avanzar con miedo. Podemos tomar una decisión importante mientras sentimos dudas. Podemos hacer algo valioso incluso cuando una parte de nosotros insiste en que no seremos capaces.

Porque conducir nuestra vida no significa sentirnos bien todo el tiempo, sino aprender a actuar en la dirección que queremos, incluso cuando por dentro hay ruido.

¿Qué ocurre cuando dejamos que los pasajeros conduzcan?

Imagina que quieres iniciar una relación, cambiar de trabajo, poner un límite o emprender un proyecto personal. Son cosas que tienen sentido para ti, que conectan con lo que valoras y con la persona que quieres ser.

Sin embargo, en cuanto te dispones a avanzar, un pasajero empieza a hablar:

«¿Y si te equivocas?»

Otro añade:

«¿Y si no eres capaz?»

Y uno más insiste:

«Es mejor que no hagas nada. Así no tendrás que enfrentarte a las consecuencias».

Si decides obedecerlos, quizá experimentes un alivio inmediato. No te expones, no arriesgas, no tienes que enfrentarte al miedo. Pero ¿qué ocurre con la dirección que habías elegido? ¿Qué sucede con aquello que era importante para ti?

El autobús deja de avanzar hacia tu destino y empieza a dar vueltas alrededor de tus temores.

A veces, el precio de evitar el malestar es renunciar a partes importantes de nuestra vida. Dejamos de hacer cosas que deseamos, nos alejamos de personas significativas, silenciamos nuestras necesidades y aplazamos decisiones que podrían acercarnos a una vida más coherente con nuestros valores.

El problema no es que los pasajeros hablen. El problema aparece cuando les entregamos el volante.

Los valores son la dirección del viaje

Un valor es un faro que ilumina mi camino, es la dirección en la que quiero caminar, es hacia donde quiero ir, hacia donde quiero encaminar mi vida, es en lo que me quiero convertir, es lo que da sentido a mi vida.

En la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), los valores representan las cualidades de acción que queremos llevar a nuestra vida. Nos ayudan a responder a una pregunta fundamental: ¿hacia dónde quiero ir y qué clase de persona quiero ser mientras recorro ese camino?

Quizá quieras construir relaciones basadas en el respeto, cuidar de tu familia, desarrollar tu profesión, vivir con autenticidad, aprender, contribuir a los demás o tratarte con mayor amabilidad.

Esas direcciones son importantes porque te permiten tomar decisiones que no dependen exclusivamente de cómo te sientes en cada momento.

Si uno de tus valores es la honestidad, quizá necesites mantener una conversación difícil, aunque tengas miedo a la reacción de la otra persona.

Si valoras el autocuidado, quizá debas poner un límite, aunque aparezca la culpa.

Si valoras el crecimiento personal, quizá tengas que probar algo nuevo, aunque tu mente te recuerde todas las veces que te has equivocado.

Los valores no hacen que desaparezcan las dificultades, pero te ofrecen una dirección cuando las dificultades aparecen.

No siempre podrás elegir el estado del tiempo durante el viaje, pero sí puedes aprender a orientar el volante.

No necesitas echar a los pasajeros

A veces creemos que para vivir mejor debemos eliminar nuestros pensamientos intrusivos, dejar de sentir miedo o conseguir que desaparezca la inseguridad. Nos pasamos la vida intentando controlar lo que ocurre dentro de nosotros, como si solo pudiéramos avanzar cuando el autobús esté en silencio.

Pero ¿y si no fuera necesario?

¿Y si pudieras dejar que el pasajero del miedo hablara sin tener que hacer lo que te pide? ¿Y si pudieras escuchar a la inseguridad sin convertirla en una verdad absoluta? ¿Y si pudieras sentir tristeza y, aun así, acercarte a las personas que quieres?

Aceptar no significa resignarse, aprobar lo que sucede o dejar de intentar cambiar las cosas. Significa hacer espacio a las experiencias internas que no siempre podemos controlar, sin permitir que decidan automáticamente nuestras acciones.

Puedes reconocer un pensamiento y decirte: «Estoy teniendo el pensamiento de que no voy a ser capaz». Esa pequeña distancia te permite observar lo que tu mente te cuenta sin confundirlo necesariamente con la realidad.

El pasajero sigue ahí. Quizá continúe hablando. Pero tú puedes mantener las manos en el volante.

No necesitas ganar todas las discusiones con tu mente. Necesitas aprender a no abandonar tu dirección cada vez que comienza una.

Tú conduces el autobús

La vida no consiste en conseguir que todos nuestros pasajeros estén contentos, que ninguno se queje o que todos estén de acuerdo con el destino elegido.

Consiste en aprender a convivir con ellos sin renunciar a conducir.

Habrá días en los que viajarás con entusiasmo y confianza. Otros en los que el miedo ocupará todos los asientos, las dudas levantarán la voz y el pasado intentará convencerte de que vuelvas atrás.

En esos momentos, puedes recordar que sentir algo no te obliga a actuar de acuerdo con ello. Que pensar algo no significa que tengas que creerlo. Y que experimentar malestar no significa necesariamente que estés tomando una mala decisión.

Puedes escuchar a tus pasajeros, reconocer su presencia y continuar avanzando hacia aquello que verdaderamente importa para ti.

Porque tu vida no tiene que estar dirigida por el miedo a equivocarte, por la necesidad de agradar a todo el mundo o por el deseo de evitar cualquier emoción incómoda.

Puede estar orientada por tus valores, por tus elecciones y por las acciones que decides realizar, paso a paso, incluso cuando el viaje no resulta sencillo.

Recuerda: tú no eres todo lo que piensas, ni todo lo que sientes. Eres también quien puede observarlo, hacerle espacio y elegir cómo actuar.

Los pasajeros pueden hablar. Pueden protestar. Pueden intentar convencerte de que cambies de rumbo.

Pero el volante está en tus manos.

Tú conduces el autobús. ¿Hacia dónde quieres llevar tu vida?

Fdo: Alicia Fernández Valverde